Cata de vinos. Le vendan los ojos. Ante su nariz desfilan copas de tinto, blanco, rosado o espumoso. No hay información, no hay referencia de precios, sólo usted y sus sentidos. ¿Sabría reconocer el mejor al catarlo? ¿Distinguiría, por su sabor y sin dudarlo, cuál es el más caro? Y lo que es más intrigante, ¿se trataría del mismo caldo? Dicen que sobre gustos no hay nada escrito, aunque sobre enología corren ríos de tinta señalando los vinos más codiciados.
El crítico estadounidense Robin Goldstein debió pensar algo parecido cuando decidió hacer catas a ciegas con 500 no iniciados. Durante un año completo recorrió Estados Unidos para elaborar este estudio que cuenta con la colaboración de expertos en economía y estadística de las universidades de Yale, Estocolmo y Harvard.
Más de medio millar de variedades de vino pasaron por manos de los voluntarios y fueron puntuados según su propio criterio. Se cataron toda clase de variedades de uva, todo tipo de vino, de entre 1,5 y 150 euros, sin una referencia directa del precio. Los resultados, sorprendentes. Muchos de los más reconocidos y caros obtienen peor puntuación que otros, quizá no tan prestigiosos, pero sí más baratos. Esa ha sido la fuente de inspiración de Goldstein para su exitoso último libro.
«The wine trials» es una recopilación de hasta cien de esos vinos asequibles, por menos de 12 euros la botella, que han logrado más puntuación en las catas a ciegas. Por ejemplo, entre un champán Domaine Ste. Michelle Cuvée Brut del Estado de Washington (7 €) y un Dom Pérignon francés (100 €), la mayoría de los participantes se decantó por el primero, a pesar de que la fama del segundo es bien conocida.
Por lo general, asociamos el precio con la calidad, cuanto más cuesta la botella mejor será el contenido, o eso pensamos. Pero parece que en una prueba con los ojos cerrados las etiquetas pierden significado. ¿Dónde se aloja nuestro sentido del gusto? ¿en el paladar? ¿en la cartera? ¿en el olfato? Puede que sea más de un lugar, ya que el estudio sugiere que nuestra percepción puede variar en función de factores externos. No sólo serían importantes la calidad, el diseño o el precio de la botella, si no también la compañía y el ambiente en que la disfrutamos.
Los participantes lo dejaron claro, el placer de degustar un buen vino no tiene porqué salir caro. O al menos ese es el juicio del consumidor inexperto, que aprecia distintos matices de los que determinan el criterio de un paladar entrenado.
FUENTE: REVISTA ENOLOGICA CATALUYA. ESP.
Qué tal Eric. No tengo los datos exactos, pero el año pasado leí acerca de una persona que hizo un experimento consistente en una cata con tres vinos, y a dicha cata invitó a personas entendidas en el mundo del vino. Se dijo a los asistentes que el primer vino servido fue de $5 dólares la botella, el segundo era de $30 dólares la botella y el tercero era un vino de $100 dólares la botella. Todos los asistentes dijeron que el vino que más les había gustado era el tercero y exaltaron las catacterísticas que tenía, comparado con el primero que fue el más despreciado por todos.
ResponderEliminarPues resulta que el experimiento consistíó en que el primer y el tercer vino ERAN EL MISMO. De esta manera esta persona demostró que el conocer el precio y el supuesto prestigio de un vino influyen definitivamente al momento de juzgarlo. De ahí que las catas a ciegas sean tan beneficiosas si queremos practicar y desarrollar nuestros sentidos y gustos sin predisposiciones.
Eso sí, ¡qué oso para esos batos!
Saludos.
Y esta no me la cuentan, yo estuve presente:
ResponderEliminarPrimer Cata a ciegas de Amigos entre vinos
Saludos.