martes, 11 de enero de 2011

Compuesto Geologico, caracteristico de Champagne Fr.


La hipótesis es terrible. Piensen ustedes que si en el terciario es decir, hace setenta millones de años ciertas esponjas, determinados animalitos e infinitos microorganismos marinos no hubieran fabricado con sus sedimentos ese especialísimo

tipo de yeso conocido por BELIMNITA QUADRATA nosotros jamás hubiéramos llegado a paladear el vino más famoso del mundo: el champaña. Con la imprescindible colaboración de aquella fauna prehistórica, los Burgundos, pueblo Germánico, descubrieron, en el año 45 antes de Cristo, el insuperable néctar que, mucho más tarde, un monje casi legendario del siglo XVIII, Dom Pérignon, tuvo la genial idea de embotellar. En efecto, sólo con el fruto de viñas cultivadas en terrenos ricos en BELIMNITA QUADRATA es posible obtener el resplandeciente champaña de primera calidad. Claro que el yeso no provoca por sí solo el milagro. Han de concurrir determinadas circunstancias de clima y han de coadyuvar un sinfín de otros minerales, como el cuarzo, el rutilio, el circonio, la turmalina, para originar el sutilísimo líquido. Pero la BELIMNITA es el. ingrediente principal, es la «eonditio sine qua non». Estas indispensables condiciones climáticas y geológicas se

dieron, precisamente durante las espantosas convulsiones telúricas del terciario, en una región de Europa bien delimitada: la zona geológica correspondiente al condado medieval de Champaña, que tiene una extensión

equivalente, más o menos, a la de Cataluña. Pero la región vinícola es mucho más reducida, el viñedo de la Champaña,

en realidad, es uno de los más pequeños del mundo, doce mil hectáreas aproximadamente, apenas la superficie de una ciudad como París. Sólo el mosto que producen esas pocas hectáreas tiene legítimo derecho

de vanagloriarse con el nombre de CHAMPAGNE.



El terrible Domiciano

Como tantas veces ha sucedido, el buen orden de la sabia Naturaleza ha sufrido

también en la Champaña los insensatos y crueles atentados de los hombres tan desatinados,

a veces, tan ciegos. Se han encontrado en la región antiquísimos vestigios

unos pámpanos fósiles del terciario, cerca de Sézanne que nos dan fe de la existencia

de la viña, naturalmente en estado salvaje, en épocas anteriores al hombre. Nos

dice el francés Jean-Claude Laurier, autor de un documentadísimo libro sobre el

CHAMPAGNE, que los fenicios iniciaron el cultivo de la viña en Francia, seiscientos

años antes de nuestra era. Aceptémoslo, que los fenicios no habrán de quejarse. Estos

viñedos debían tener una extensión bastante limitada y solamente tras la conquista

romana, las zonas de cultivo se ampliaron. La viña se cultivó, poco años antes de Cristo,'

en la tierra de los Burgundos y, sucesivamente, en Burdeos, Alsacía y Champaña.

De todos modos, el vino gozaba de gran predicamento Dentre los pueblos autóctonos anteriores

a la conquista de las Gallas por parte de los Romanos. Sabemos que los festines

solían terminar con épicas borracheras convivíales. Y César, en el «De bello gallico», señala que sus enemigos, los feroces y gloriosos soldados de Vercingetórix, usaban el vino sin moderación, de tal modo,

que entraban en la batalla tambaleantes y en pleno estado de embriaguez, con la mirada

vidriosa, pero con el brazo nada torpe. Hacia finales del primer siglo de la era

cristiana, Francia debía producir ya una cantidad considerable de vino. Entonces, si

el emperador Romano Domiciano mandó que gran parte de la viña Champañesa fuera

destruida. Una reforma agraria que resultó nefasta. Este Domiciano había empezado

muy bien su carrera de gobernante, Era un hombre sensato, cauteloso y austero,

un rígido moralista y un capaz ingeniero. Pero en un momento dado, Domiciano se torció y se transformó en un déspota,

quizás en un equivocado tecnócrata. Una de sus primeras salvajadas la cometió en el año 92 con el edicto que prohibía cultivar la viña en las Gallas, a fin de aumentar la producción de trigo, tan necesario para alimentar a los eternamente desagradecidos estómagos de la Roma Imperial. Un siglo y pico más tarde, el emperador Marco Aurelio Probo, ejemplo de sabio gobernador y hombre de profundo sentido común, deshizo el entuerto, protegió el cultivo de los

viñedos de la Champaña, elevó un templo a Baco en Reims y allí mismo erigió un esplendoroso

arco triunfal dedicado a Marte, que aún se conserva y en el que se admira un bajorrelieve con escenas de la vendimia.



El milagro de San Remigio

No sabemos con precisión cuándo el vino de la Champaña llegó a las mesas de la Ciudad Eterna. Pero, conociendo los disparatados sistemas que usaban los vinateros Romanos de entonces, es fácil suponer que

los néctares de importación suscitaron los mayores entusiasmos en la capital del Imperio. En Roma, los bodegueros hacían el vino según una extraña técnica, manipulando el zumo de la uva con insospechados y perversos ingredientes: agua de mar, pez, resina, pinas, mirtilo, almendras amargas, ungüentos de nardos, mirra y semillas de

adormidera... El brebaje así obtenido se sometía a evaporación hasta transformarlo en un polvillo que, al momento de servir la copa, se mezclaba con agua. A los Romanos, acostumbrados a semejante pócima que, además del pésimo sabor, tenía el grave inconveniente de provocar una terrible pesadez de estómaño, el vino de verdad, alegre, algo ácido, procedente de Jas Gallas les sabía a pura gloria...

Los romanos tenían celosamente prohibido a los bárbaros beber vino. Y no se puede excluir que las primeras incursiones francas en la Champaña respondieron a la imperiosa sed de vino que sufrían. Cuando se instalaron en el territorio, los francos desarrollaron una inteligente labor en la Champaña, cuidando y mejorando sus viñedos. Incluso un santo, san Remigio patrón J obispo de Reims, dio fe, santísima fe, de su alta consideración hacia el vino champanes al entregarle el rey franco Clodoveo, antes de su partida hacia el campo de batalla contra los visigodos de Alarico II, un barrilete de vino. Prometió el santo a Clodoveo que triunfaría si, al enfrentarse con el enemigo, no hubiera quedado vacío el

barrilete. Clodoveo y los suyos libaron abundantemente pero, por milagro, vino no se acabó hasta después de la derrota visigoda. Tan contundentes argumentaciones aparte de la influencia de su novia Clotilde,,

una princesa burgunda que había abrazado la fe cristiana, convencieron a Clodoveo, que se convirtió, lo cual supuso

considerables beneficios' para la ciudad de Reims: en poco tiempo, se transformó en centro político y religioso de Francia. Y esta situación de preponderancia tuvo positivos reflejos también en el comercio del vino. Durante los mil años siguientes a Clodoveo, el grato deber de cuidar de las viñas quedó encomendado a los cenobios. Los monjes se dedicaron con un cristiano, casi apostólico entusiasmo al cultivo de los viñedos. Cosa muy comprensible desde el momento que el vino de uva es la material irrefutable para la Eucaristía. Necesitaban el vino, además, para ofrecerlo a los huéspedes, porque en aquel tiempo no existían hoteles ni restaurantes, y los viajeros, principes o mendigos, paraban en las casas de Dios. Finalmente, los monjes vendían vino para procurarse los fondos con qué hacer sus obras de caridad.

La imperial y germánica

borrachera de Wenceslao

Por una u otra razón, los monjes de la Champaña fueron habilísimos vinateros poseyeron los viñedos mejor cuidados y

más productivos, a pesar de los métodos de cultivo muy poco científicos: agua bendita para combatir las enfermedades de las viñas, extraños conjuros contra la peste y procesiones para alejar el granizo... Por otra parte, los monjes poseían especia! talento para las´´ public íelations´´ y tenían buen cuidado en obsequiar con sus productos a los reyes, a los obispos y a los grandes personajes de su tiempo, con el fin de divulgar el propio vino. Así, los tres grandes

reyes de la Cristiandad, Carlos I de España, Enrique VIII de Inglaterra y Francisco I de Francia, fueron amantes de aquellos vinos que merecían tal respeto que, en las guerras de religión hacia finales del siglo XVI, católicos y protestantes decidieron guardar tregua en las tierras champañesas durante los días de la vendimia.

Pero este vino tan apreciado no era, en aquellos tiempos, el exquisito, insuperable CHAMPAGNE de nuestros días. En la Edad Media, el vino de la Champaña era particularmente fuerte y se solía mezclar cor.

agua. En 1397, Wenceslao, rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio Romano llegó a Reims para tratar con Carlos VI de; Cisma que dividía entonces a la Iglesia. Imprudentemente, Wenceslao, bebió el vino

puro y cuando el duque de Berry fue a recogerle para acompañarlo hasta el rey,

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